EL CHOCOLATE

Mi hijo James se había hecho muy amigo de los niños de la tribu en los meses que llevábamos de voluntariado en Kenia. Había aprendido el idioma y lo hablaba con soltura. Un atardecer, se quedó jugando con Njiru, su mejor amigo. Los contemplaba silenciosamente desde la otra orilla del arroyo que nos separaba. Mantenían una ardida conversación y reían a carcajadas. Dos niños de mundos tan diferentes. De repente, mi hijo sacó un extraño objeto del bolsillo, lo partió en dos y ambos empezaron a comer con una sonrisa de oreja a oreja. Era chocolate. Cuando acabaron de comer, la sonrisa de Njiru se borró y su mirada apuntó al suelo. Entonces añadió:

– Muchos días mi madre no sabe qué hacernos de comer.

James, con la mayoría inocencia posible reflejada en sus ojos, respondió:

– La mía tampoco.

ELIADE

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