Empezaba a oscurecer cuando una anciana se sentó a mi lado en el banco. Tenía la cara arrugada y el pelo blanco, pero ese brillo en los ojos no lo había perdido aún.Ese brillo que un día yo dejé de buscar.— ¿Me puedo sentar?— Claro—respondí.— ¿Sabes? Antes solía venir a este banco con mi marido, ahora solo me acompaña desde el cielo.— Lo siento.— No te disculpes, es el ciclo de la vida, y no se puede cambiar.— ¿Hace mucho?— Hace ya dos años.En ese momento, me sentí apenada por ella. Nunca sabes lo que hay detrás de cada persona.— Había una cosa que él siempre decía—añadió, —“cuando yo ya no esté aquí, sigue viviendo por mí”.
Najara Papala